Un marino en el escuadrón de lanceros

Hoy aprovechando las tranquilas y calurosas tardes agosteñas, quiero recuperar de mi memoria, una experiencia que ya relaté en su día en un antiguo blog ya desaparecido y que aunque no la encontrarán en los libros de historia, ni en mi hoja de servicios militares al no haberla añadido en su día, por no ser nada relevante para nadie mas allá de familiares, amigos y compañeros de armas, a los que se la relaté en alguna ocasión, pero que no les quepa ninguna duda, será una de esas vivencias que seguramente contaré una y mil veces a cuantos allegados y conocidos tengan a bien compartir conmigo ratos de tertulias y charlas informales.

La anecdótica experiencia ocurrió allá por el año 1982, sin poder precisar la fecha aunque por la climatología del día en en la que se desarrolló bien podría ser en sus meses invernales o en los otoñales. Ocurrió entonces que la Jefatura del Regimiento de la Guardia Real, ubicada en el Cuartel del Rey, anexo al Palacio de El Pardo, determinó un nuevo sistema de asignación de servicios de suboficial de guardia, que sustituyera al existente hasta entonces a la hora de asignar las guardias militares, en los que los suboficiales y cabos primeros de cada uno de los tres acuartelamientos que el regimiento disponía para la fuerza, en la localidad madrileña de El Pardo, solo montaban el citado servicio en aquel donde radicaba la unidad a la que pertenecían, lo que provocaba agravios comparativos dada la diferencia de efectivos en cada uno de los centros militares.

La modificación del turno en cuestión consistió en hacer una lista única, en la que todos los sargentos y cabos primeros entrarían a cumplir con las obligaciones de Suboficial de Guardia en el Cuartel del Rey, Cuartel de la Reina y Cuartel del Príncipe, dependiendo del Oficial de Guardia centralizado en el primero de los establecimientos militares mencionados, dejando solo diferenciados los servicios de seguridad propios de cada tipo de unidad en la protección de la Familia Real.

Para quien no lo sepa en el Cuartel del Rey, se encontraban las principales unidades de la Guardia Real, en el Cuartel de la Reina solo estaban las unidades de caballería y en el del Príncipe se alojaba el batallón de unidades de los tres ejércitos, Compañía Monteros de Espinosa (Tierra), Compañía Mar Océano (Armada), Compañía Plus Ultra (Aire), con su Plana Mayor.

Quiso el azar que el primer día de entrada en vigor del nuevo turno, mi humilde persona, por aquel entonces Sargento de la Infantería de Marina española destinado en la Cía. Mar Océano, le correspondiese su guardia en el Cuartel de La Reina donde se ubicaba entre otras unidades de caballería, la principal de ellas que era el Escuadrón de Lanceros de la Guardia Real, algo que produjo la lógica y mayúscula sorpresa cuando aún ni siquiera había sido publicada la correspondiente orden diaria de servicios, extendiéndose como la pólvora la noticia de que “un marino iba a montar guardia en el escuadrón de lanceros”.

Ni que decir tiene que aquello sirvió de innumerables comentarios y hasta de alguna burla jocosa por parte de algún miembro de la vieja guardia en las unidades tanto de caballería, como de infantería, como de ingenieros, pero sobre todo entre los mas viejos procedentes de la Guardia del Caudillo que aún continuaban prestando sus servicios en la Guardia Real.

Decidido a intentar lidiar semejante compromiso de la mejor manera posible, a pesar de solo tener conocimiento oficioso del nuevo servicio que debería cumplir al día siguiente, me encaminé hasta las dependencias del Cuartel de la Reina, con la esperanza de informarme y familiarizarme con el cometido y funciones que debería desarrollar.

El primero en recibirme y atenderme amablemente en el acuartelamiento donde se ubicaban las unidades de caballería, fue el compañero al que debería relevar horas mas tarde y aunque en alguna ocasión había visitado aquel cuerpo de guardia, ese día me pareció más grande, más oscuro y casi más imposible de controlar. Aún ahora no me cabe ninguna duda que algo se me debió notar, pues aquel compañero cabo primero del que lamentablemente no recuerdo el nombre, pero que podría ser fácilmente mi padre por la edad que aparentaba tener, no dejaba de darme ánimos y repetirme una y mil veces que no tenía de que preocuparme que las guardias eran todas iguales y que además me ayudarían el resto de suboficiales y cabos 1º del escuadrón que ya estaban alertados de la nueva situación.

Aquel día acompañado por otro compañero recorrí todas las dependencias y supe lo que era un bocado, porqué el auxiliar del veterinaria sujetaba la oreja del caballo con una especie de tenaza mientras el veterinario reconocía al animal, como se llamaba el lugar donde se guardaban las monturas y arneses, así como infinidad de términos caballerescos que el tiempo pasado desde entonces, se ha encargado de hacerme olvidar, manteniendo imborrable eso si, como un meritorio valor algo que aprendí de aquellos profesionales y nunca olvidaré, ya que el ambiente de camaradería y profesionalidad que allí descubrí aún hoy me sigue sorprendiendo gratamente.

Al día siguiente y tras los formulismos de la parada y presentación ante el oficial de guardia, hice mi primer relevo en el escuadrón donde por cierto ni se imaginan el susto que me llevé cuando formada la guardia el cornetín hizo su trabajo anunciando el relevo, pues como alguno ya habrá deducido, era un cornetín de caballería y en mi vida jamás había escuchado esas notas musicales salir de una corneta en un acto militar. En ese momento no les exagero si les reconozco que empecé a pensar que aquello iba a ser más difícil de lo que me suponía y por supuesto que la jornada que se avecinaba se me antojaba eterna.

Tras romper filas de la fuerza que me acompañaría en la guardia y custodia del acuartelamiento, cuando el primer turno de guardia hubo finalizado su relevo, lo primero que se me ocurrió hacer fue llamar a los cabos de guardia y al cornetín a quien consulté que otros toques debería aprenderme para no llevarme nuevos sobresaltos. Aprovechando la experiencia de los tres cabos a los que aleccione previamente para que me informaran si detectaban algún error, recibí una detallada, rápida y concienzuda lección de los toques militares y horarios de la caballería, con un talante de asombro, curiosidad e imperiosa necesidad de ponerme al día en la novedosa circunstancia que se me presentaba.

Debo reconocer que este hecho de intentar aprender lo antes posible los para mí complicados detalles de las unidades de caballería, debió sensibilizar a mis entonces subordinados pues de forma totalmente profesional y desprovista de cualquier afán de notoriedad, desde el cabo mas antiguo al mas novel de los guardias, se volcaron en hacer su trabajo de la mejor manera posible e informándome detenidamente y minuciosamente de todo cuanto acontecía en un intento de conseguir integrarme como un miembro más de su equina unidad.

Aún intentando ubicarme en la novedosa situación, a media mañana y llevado por el curioso hecho de tener a un marino de guardia en el cuartel de caballería, recibí sorpresivamente la visita en el cuerpo de guardia, del coronel jefe del Regimiento (por aquel entonces Fernández de Mesa) acompañado por el Teniente Coronel Jefe del Grupo donde yo estaba destinado y del Comandante Mayor del Regimiento, con la intención de darme ánimos y comprobar “in situ” los posibles problemas que podrían presentarse, siguiéndoles durante casi todo el resto de la mañana a la ilustre visita anterior, las visitas y alentadores ánimos de compañeros, jefes y subordinados de los tres ejércitos que hicieron la peculiar peregrinación esperando ver a este “marino como un pez fuera del agua” en medio de los equinos de todas las razas y pelajes, lanzas, arneses, monturas y todo tipo de simbología del Arma de Caballería del Ejercito de Tierra Español.

Ni que decir tiene que superé la prueba aunque nadie me pusiera nota, pero el mayor de los orgullos que recuerdo de aquel día es que puedo presumir y presumo siempre que puedo, de ser el primer marino que montó guardia militar en una unidad de caballería, máxime cuando esa unidad no es otra que la del Escuadrón de Lanceros de S. M. El Rey, cuya historia y tradición se remonta a siglos de guardia y custodia de la Familia Real.

No quiero terminar este relato sin recordar y felicitar a todos los miembros de la Guaria Real a la que durante casi tres años pertenecí y particularmente a los Infantes de Marina de la Compañía Mar Océano, pero sobre todo a los componentes de las unidades de caballería que me acogieron como uno más de ellos en el Cuartel de la Reina.

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